Sirat de Óliver Laxe

Sirat es una coproducción hispano-francesa galardonada en Cannes con el Premio del Jurado y seleccionada para representar a España en los Óscar de 2026.

El film se caracteriza por una estructura imprevisible y un guion lleno de giros bruscos, que van desde el drama familiar hasta la experiencia mística y la supervivencia. Es difícil mencionar un tema central. La película sigue el viaje de un padre y su hijo, que van de rave en rave, por los desiertos de Marruecos, en busca de una hija desaparecida.

No obstante, este primer hilo narrativo se ve abruptamente roto por la inesperada muerte accidental del hijo. Un giro que puede llegar a percibirse como un truco barato para generar una conmoción fácil en el público. Allí, el foco cambia al duelo inconsolable del padre y la superación de esta pérdida, que parece que haya de ser exorcizada con un ritual frívolo de música y drogas. Entonces, se podría pensar que el director nos esté dando una lectura barata de una supuesta espiritualidad de esta subcultura del trance y la rave, que es el telón de fondo de la película.

Pero justo cuando la película estaría llegando a su punto culminante, la explosión repentina de unas minas enterradas en la arena, le da otro giro a la trama, convirtiéndola en una odisea de supervivencia física y psicológica. Esta secuencia también parece el enésimo recurso barato, para sorprender y violentar al público. Así, Sirat avanza fragmentando su relato con desapariciones, muertes, trances, catástrofes, huidas y llegadas, hasta transmitir la sensación de varias películas superpuestas en una sola, sin nunca anclar su tema en un solo género o conflicto. Esta acumulación, lejos de ser gratuita, acaba por definir el propio “camino” de la película: una travesía sin certezas, en la que los sucesos desafían la necesidad humana de sentido y coherencia.

De igual modo, cuando están subiendo hacia la montaña antes de coger el tren y tienen que recorrer ese tramo final de arena minada, cada uno camina mostrando su auténtico ser. Se muestran como realmente son. El padre que se pensaba o al menos fingía que lo tenía todo controlado, resulta que en verdad estaba haciendo las cosas sin pensar demasiado. En cambio, los otros dos personajes, que acompañaban a los protagonistas, que parecían tan decididos y valientes, que saltaban de un camión a otro cuando estaban en marcha, resultan ser los que tienen más miedo. Además, caminan cogidos de la mano, con los ojos cerrados, sin poder ni mirar hacia delante, que es la forma más estúpida de recorrer el camino, ya que, al pisar más terreno a lo ancho, solo duplican sus probabilidades de morir.

La película toma su título del término árabe “Sirât”, que evoca el puente que, según la tradición musulmana, todas las almas deben cruzar el Día del Juicio Final. Pero tal y como se explica al inicio de la película, este puente es fino como una aguja y afilado como una espada. De modo simbólico, el viaje de los personajes se convierte en un tránsito existencial en el que deben enfrentarse al dolor, la vulnerabilidad y lo desconocido. El relato se puede leer bajo la óptica del sujeto que reconstruye su existencia desde la angustia de Kierkegaard y Sartre, o como una reelaboración del eterno retorno nietzscheano, donde cada shock. Cada pérdida y cada giro de guion es un reto a la búsqueda de sentido ante el absurdo y la angustia de la vida. En este itinerario, el director critica la sociedad “tanatofóbica” que rehuye afrontar la muerte y la finitud, proponiendo que solo el cruce por estos puentes, físicos y existenciales, nos permite resignificar nuestra vida. La propuesta cinematográfica es interesante, aunque ahora, pensándolo desde la distancia, ¿no es una frivolidad la revalorización y estetización de esos tramos de angustia, que no le desearíamos a nadie?

Sirat se deja leeer como una crítica al privilegio occidental, evidenciando las contradicciones de unos supuestos izquierdistas que se van de fiesta a territorios en guerra, tal y como ocurrió en territorio palestino ocupado por Israel, a principios de octubre del 2023. Durante la película, estos europeos individualistas, que querían diferenciarse por su estilo de vida alternativo, acaban viéndose obligados a subir a un tren sin techo, que recorre el desierto, compartiendo un destino e integrándose en la comunidad. La vida les recuerda que son simples mortales y que les toca subir al tren, como a todos, que no pueden siempre ir por su cuenta.

Uno de los elementos más divertidos de Sirat es la inclusión de raveros reales como parte del reparto, que interpretan a sus propios personajes. Estos no-actores, invitados especialmente para rodar una auténtica fiesta durante la filmación, aportan una autenticidad e inmediatez que remite a la tradición neorrealista europea más experimental. La frescura y verdad que aportan los intérpretes no profesionales difumina la frontera entre ficción y realidad. Muchos se pensaron que sería un documental al ver como empieza la película.

Otro de los detalles más significativos al inicio de la película es el cameo del DJ y productor francés Kangding Ray (David Letellier), quien participa tanto ante la cámara, así como autor de una banda sonora envolvente y galardonada, que acaba siendo un personaje más de la película.

La inclusión de estos personajes reales y el protagonismo de la música vuelve muy ambigua toda la historia. Es una tragedia que va de mal en peor hasta volverse delirante. Llega un punto en el que parece que se está riendo de sí misma. Al principio parece una estetización de esta subcultura rave. Pero sus protagonistas se acaban convirtiendo en algo capaz de espantar a un niño, en un espantapájaros tragicómico. La narración oscila entre la mitología y una ácida crítica.

A mi me gustó. Sirat es una travesía poética y filosófica que transforma dolor, duelo y ritual en una experiencia cinematográfica y en una reflexión sobre lo común, lo sagrado y lo real. ¿Qué os pareció a vosotros?

https://matiasvaldesmarsans.substack.com/p/sirat-de-oliver-laxe-2025

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